Si miro hacia atrás y pienso en el momento en que fui consciente de mí misma como mujer, de las barreras que me he encontrado a lo largo de mi vida, de la desigualdad por ser yo y no ser un hombre, no lo encuentro. No existe ese momento y tampoco ha existido esa mujer que me haya servido de reflejo para darme cuenta de muchas cosas que podían haber pasado desapercibidas. Pero siempre he sido más o menos consciente de todo ello. De que había juegos para chicas y juegos para chicos. Profesiones para chicos y profesiones para chicas. De que las chicas somos cuidadoras y tenemos ese gen especial para hacer las labores domésticas mejor que ellos.
Yo jugaba al fútbol, llevaba el pelo corto, odiaba fregar los platos, estudié una carrera típica de chicos, me fui a vivir sola, conducía mi coche, lo llevaba al taller, no he sido madre...todo lo contrario a lo que seguramente las mujeres de mi entorno esperaban de mí. Especialmente mi madre y mi abuela. Precisamente son ellas a las que reconozco.

Mujeres que han estado toda su vida dedicadas a los cuidados. La casa, las hijas y los hijos, los maridos, los abuelos y las abuelas. Mujeres que han visto a su hija y nieta crecer de forma distinta, independiente, libre y a la que siempre han animado a que sea así. Mi abuela en sus últimos años siempre nos decía lo contenta que estaba con sus nietas, porque tenían independencia económica, salían, viajaban, conducían y nos animaba a seguir así. Yo he aprendido de ellas a ser fuerte, a afrontar los problemas, a tratar a la gente con respeto y con cariño. Y ellas han aprendido de mí que se puede vivir de otra manera, que las mujeres podemos hacer mucho más de los que nos decían. Nos hemos Reconocido y hemos aprendido juntas, aportándonos entre generaciones lo mejor de nosotras.
Educar en igualdad, romper barreras, es posible también hasta para quiénes han vivido toda su vida bajo la responsabilidad de ser mujer en una sociedad que les decía cómo tenían que serlo.
Reconociéndonos también entre generaciones.